El microcosmo del movimiento

Nos movemos de incontables formas distintas: en diferentes intensidades, dinámicas, direcciones, velocidades y con diferentes fines. Hay todo tipo de movimientos: grandes, internos, evidentes o invisibles. Hay movimientos de digestión, de ojos, hay movimientos bellos, gestuales, rítmicos, únicos, elegantes, torpes, fuertes, espontáneos, ligeros, alegres, ruidosos, amorosos, pesados o silenciosos. Existen los movimientos de la respiración que varían según la actividad y que acompañan todas nuestras acciones con silencio, profundidad o jadeo, según. Hay movimiento cuando uno canta, llora, piensa, calcula, duerme, se despierta, nace e incluso cuando uno muere. La lista es infinita; en pocas palabras: el movimiento es omnipresente en
nuestra vida. Donde no hay movimiento no hay vida.

El que pone orden en este infinito de combinación posibles es nuestro sistema nervioso.
Como un gran director de orquesta organiza constantemente nuestros movimientos.
Igual que las notas de una obra musical comienzan a tener sentido recién cuando el compositor los agrupa en un cierto orden, nuestro sistema lo consigue con nuestros movimientos a través de patrones funcionales.
Cada patrón se aprende en un momento de vida determinado y con un fin específico y como resultado de un proceso (de aprendizaje). Su forma y eficacia dependen tanto de este proceso como de la estructura de la persona, las influencias familiares, sociales, culturales, emocionales, etc. Y aunque haya similitudes, cada persona se mueve de manera distinta y sumamente personal. La manera de moverse de una persona en una determinada función es tan característica para ella como su huella digital. Es posible reconocer a una persona a mucha distancia solamente por su manera de caminar.

Cuando aparece un movimiento visible es como la punta del iceberg de un proceso neurológico sumamente complejo. Al principio de este proceso hay un impulso: una intención. Esto incluye que hay un fin determinado en el movimiento, es decir: una función. Pero volveremos al tema de la función más adelante.

La intención nace en un contexto específico que define en gran medida el marco de posibilidades que puede haber. Si estamos, por ejemplo, en un sitio de mucha gente y sentimos de repente algo tocando nuestro hombro, nos damos vuelta automaticamente para mirar quién es. Pero si nos tocamos nosotros mismos en el mismo hombro con la misma presión ni se nos ocurre esta posibilidad. Simplemente porque no forma parte del marco de expectativas que nuestro cerebro toma como fondo o mapa para interpretar las informaciónes sensoriales que recibe.

Otro aspecto que se define a través del contexto, pero en un sentido más personal o emocional, es la dínámica del movimiento. Por ejemplo, nuestra manera de ponernos los zapatos: puede ser muy diferente cuando estamos con prisa, enfadados o entusiasmados con algo. Por supuesto que hay una forma básica que hemos aprendido en los primeros años de nuestra vida pero dentro de esta forma hay un amplio rango de variabilidad.

Desarrollo del movimiento
Al nacer el ser humano cuenta con muy poco de movimiento. Las competencias que el bebé trae al mundo son „diseñados“ básicamente para hacer frente a la enorme tarea de aprendizaje que le toca hacer en sus próximos meses y años. Y en este proceso el movimiento es clave para el niño: le es indispensable para sentirse y descubrirse a si mismo, conocer sus posibilidades y también para entrar en contacto con el mundo y luego explorarlo a fondo. También lo necesita para crear una orientación en el espacio, una noción del tiempo y de la propia identidad.

La curiosidad innata del infante actúa como motor invisible que alimenta este proceso de aprendizaje contínuamente. Parece haber un profundo sentido mágico en los bebés que transforma cualquier objeto en una potencial puerta mágica detrás de la cual puede haber un reino aún más mágico. De otra forma sería difícil entender la capacidad de exploracion exhausta y la consecuencia casi científica con la cual proceden los bebés y niños pequeños en sus procesos de aprendizaje.

Generalmente estos aprendizajes múltiples se detienen cuando el individuo llega a un cierto nivel de desarrollo, determinado por los valores actuales de la sociedad. Luego se sigue desarrollando solamente en un área específica, profesional o deportivo. Pero muy pocos continúan evolucionando de forma equilibrada aprendiendo a utilizar cada día más y más de su potencial.
La mayoría de nosotros se mueve de manera más o menos satisfactoria hasta que comenzamos a sentir molestias o dolores por malos hábitos posturales y mal uso de nosotros mismos. Normalmente es el primer escalón de una escalera de busqueda de solución, muchas veces frustrante, costosa, de alivio temporal y recaidas. Al final estamos convencidos que es nuestro destino vivir así y nos resignamos con la consecuencia de renunciar a la posibilidad de vivir con más vitalidad. O simplemente nos olvidamos que es posible moverse mejor y cuando lo vemos en otros nos justificamos diciendo que es por su juventud, por sus genes, sus estrellas o alguna otra razón.

Sin embargo, La manera de moverse de una persona no es algo inamovible. Tenemos un sistema nervioso capaz de reconfigurar nuestros patrones en cualquier momento, independientemente de la edad o el estado de salud de la persona. Uno de los aspectos más considerados en los últimos años por la ciencia ha sido justamente la plasticidad de nuestro sistema nervioso, capaz de mucho más cambios de lo que se creía posible hasta hace poco.

Para cada función (acción) que somos capaces de llevar a cabo hay una especie de „chip“ en nuestro cerebro. Es una imagen neurológica determinada (homunculus) representando la
participación de las diferentes partes del cuerpo que intervienen en la función. Estas imagenes se forman a través del aparato motor lo que significa que el movimiento es clave para que el cerebro pueda organizarse a si mismo. Esta es la razón por la cual también es posible REPROGRAMAR nuestro cerebro a través del movimiento.

Es por este hecho que Feldenkrais utiliza el movimiento como medio para la reeducación global de la persona en todos sus aspectos.

Su Método es un amplio sistema pedagógico para tomar conciencia del propio “repertorio de patrones”. Luego ofrece un marco para el aprendizaje de alternativas muchas veces más orgánicas y funcionales que las hábituales. Es una manera inteligente de desarrollar la autoconciencia y la capacidad de aprender, propia del sistema nervioso humano.