La Recuperación del Optimismo Biológico

Según el científico ruso Moshé Feldenkrais (1904-1984), una tercera parte de todo lo que aprendemos a lo largo de nuestra vida tiene lugar en los primeros dos años de nuestra infancia. La notable facilidad de aprendizaje de los niños en la temprana infancia está directamente relacionado con el desarrollo motriz que ocurre sobre todo en ese periodo.
Los movimientos son el material de aprendizaje primordial para el niño y constituyen el fundamento para su futura capacidad de aprender en el transcurso de su vida.

Fuimos diseñados para aprender. La capacidad de aprendizaje del ser humano es su principal herramienta para la superviviencia y para adaptarse a circunstancias cambiantes. Lo que es para los animales el instinto, es el aprendizaje para nosotros. Ningún recién nacido está en condiciones de sostenerse sobre sus pies a las pocas horas, como sí lo hace la gran mayoría de los animales.
Hace falta para eso todo un proceso de aprendizaje que siga paso a paso el orden natural del desarrollo psicomotor humano. A partir del primer movimiento que hacemos, es decir, cuando empezamos a vivir, se nos revelan los principios del aprendizaje humano. El niño va sumando experiencias y habilidad primordialmente a través del juego constante entre su cuerpo y la atracción de la tierra. Aprende así a desplazarse de diferentes formas, a alcanzar lo que le interesa conocer del mundo y a moverse cada vez con más refinamiento o diferenciación, es decir con menos torpeza.

Una vez que las necesidades motrices básicas (caminar, correr, saltar etc.) están aprendidas satisfactoriamente, el desarrollo motror encuentra un equilibrio y, desde un punto de vista de supervivencia, no hay necesidad de seguir perfeccionado las habilidades.

Aparece aquí un momento crucial en el desarrollo del individuo y se decide si la persona seguirá aprendiendo a usar más y más su potencial innato o si se lo reducirá a unos pocos aspectos. Algunos siguen aprendiendo en áreas especializadas, como tocar un instrumento, hacer un deporte, pintar u otras actividades, pero la mayoría de las personas traslada – y reduce – el desarrollo a habilidades sociales y profesionales mientras su vida emocional y sensorial queda detenida en algún estado infantil o adolescente, al tiempo que las correspondientes funciones motrices quedan indiferenciadas. La postura se deteriora, poco a poco se eliminan determinados movimientos del repertorio -saltar o rodar por el suelo – y con el tiempo pierden disponibilidad y hasta se vuelven imposibles. Todas las funciones se ven afectadas por la falta de otras y hasta funciones sencillas se convierten en un problema. La falta de flexibilidad y libertad en el aparato motriz se transforma en una sensación que oscurece su vida y toma el lugar del optimismo biológico que experimentan naturalmente todos los niños, por la simple alegría que da moverse con más libertad cada vez.

Moshé Feldenkrais se pasaba horas y horas observando jugar a los niños y en el transcurso de más de cuarenta años recreó todas las secuencias del desarrollo motor humano. A los que lo quieran, les dejó una fascinante posibilidad de pasar otra vez por ese proceso, cada uno respetando sus propios tiempos, con suavidad y cuidado, tomando conciencia de cómo lentamente “lo imposible se hace posible, lo posible fácil y lo fácil, elegante. ”

Philipp A. Unseld