Sobre la Salud

(por Moshe Feldenkrais)

“Una persona sana es aquella que puede vivir plenamente
sus sueños no confesados”.

Algunos años antes de la Segunda Guerra Mundial, estaba enseñando judo para ganarme la vida a la vez que trabajaba en La Sorbona con Joliot Curie para el Doctorado en Ciencias. Uno de mis alumnos resultó ser un cazador de animales salvajes en Africa y me invitó a su casa, donde me quedé solo, durante unos minutos. Me asombré cuando se me acercó un león para lamerme. Lo habían traído a París de cachorro y se había convertido en un verdadero león.
Unos meses más tarde fue llevado al Zoológico de París por la policía. El león había salido a la calle y una señora mayor con un pequeño pequinés y corta de vista lo había confundido con un perro grande y lo persiguió por las calles con su paraguas. El león murió en su jaula después de haberse negado a comer y beber durante diez días. He acortado la historia omitiendo algunos detalles.
Ahora bien, éste era un animal sano que murió, obviamente por trauma emocional. Pero, ¿qué es un animal sano? Si un león sano muere diez días después de un cambio abrupto en su vida, ¿qué es la salud?
Si un ser humano no necesita ir al médico durante años o no tiene dolores o afecciones, ¿ es sano ?
Si, por el contrario, esta misma persona lleva una vida monótona y poco interesante con dificultades matrimoniales que lo llevan al suicidio, ¿es una persona sana? Y una persona que nunca termina lo que se propone o cambia continuamente su empleo para eludir obligaciones, ¿está sana?
Evidentemente no es fácil definir el concepto de salud. Decir que no se necesita de la asistencia de un médico o de un psiquiatra no es prueba suficiente de salud.
¿Qué es, entonces, la salud?
La vida es un proceso. Esto significa que todo lo que nos suceda mientras estamos vivos, está ligado al tiempo. Todos los saben, aún cuando no lo piensen o no lo digan. Ningún proceso puede detenerse por un tiempo considerable dependiendo de las fuerzas que involucre. Y por supuesto todos sabemos que si un cerebro no recibe oxígeno durante diez a quince segundos el proceso se interrumpe por completo. Si por casualidad se logra reiniciarlo, es un nuevo proceso y la persona no será la misma de antes. Si alguien sangra mucho, muere desangrado, y no es fácil recuperar un corazón que paró por esta razón. En resumen, ningún proceso que se detiene puede reactivarse espontáneamente. Esto es válido para cualquier proceso químico irreversible y cualquier reacción.
O sea que, obviamente, la salud es, ante todo, la capacidad de continuar las funciones esenciales sin cortes prolongados. La conciencia, el sistema nervioso central, el corazón, etc., deben continuar uniformemente. Hasta aquí no hay nada que no sepamos.
Sistemas grandes que funcionan, también son procesos que dependen del tiempo. Cualquier compañía grande de cualquier país es un buen ejemplo: Ford, ICI, Philips o cualquier sistema grande similar. Todos continuarán funcionando a pesar de que una fábrica, mina o ciudad, deje de existir. Se puede medir un sistema por el impacto que pueda recibir sin detener su proceso.
El sistema nervioso humano tiene por lo menos 3.1010 partes. Es lo suficientemente grande como para seguir las leyes de los grandes sistemas. La salud del mismo se puede medir por el impacto que pueda recibir sin comprometer la continuación de su proceso. En síntesis, la salud se mide por el shock que una persona pueda recibir sin comprometer su sistema de vida.
Así, el sistema de vida se convierte en criterio de salud. El dormir, la comida, la respiración, los cambios de clima, el frío, el calor, el trabajo, se ven sujetos a grandes variaciones-shocks súbitos. Cuanto más sana sea la persona más fácilmente retomará su vida luego de shocks considerables producidos por cambios en sus necesidades.
Pensándolo bien, no hay nada de lo dicho que resulte difícil de admitir. Excepto el hecho de que nos sorprenderá saber adonde nos lleva. Nuestro sistema nervioso no nace como lo tenemos al ser adultos. Para que funcione este sistema necesita del mundo exterior. Hay luz de diferentes intensidades y colores. Los objetos están cerca o lejos, etc. Por lo tanto, nuestros ojos primero deben aprender a ver, aún un objeto tridimensional en su dibujo de dos dimensiones. Es decir, que nuestro sistema necesita de una parte especial del mundo para aprender un lenguaje.
Pero hay más temas fundamentales. El sistema está conectado a través de sus órganos sensitivos y kinestésicos con el mundo exterior. Un sistema nerviosos indiferenciado, al crecer, se va diferenciando para manejar bien los objetos externos. ¿Qué significa esto en un sentido práctico?
Significa que debemos aprender funcionalmente, o sea diferenciar nuestros sentidos de los sentimientos. Un bebé, al ver un objeto rojo tiene el sentimiento del rojo ya que el objeto carece de sentido porque no sabe que es. El escuchar un tambor por primera vez produce un sentimiento de asombro, de sobresalto kinestésico. Recién más tarde, habiendo recibido varios sobresaltos similares, la diferenciación del sentimiento y el sentido de audición darán como resultado el escuchar y percibir un tambor. Gradualmente se dará este mismo tipo de diferenciación entre el sentimiento kinestésico y el objeto externo relacionado con el gusto, experiencias táctiles, el olor y los sentidos de los cuales ya hemos hablado.
Estas diferenciaciones no suceden en todos los sentidos de manera uniforme y cada bebé tendrá su propia historia de desarrollo. Así es que hay gente que concibe el mundo exterior preferentemente en forma visual, otros auditiva, otros en forma táctil y otros kinestésicamente. En realidad, la mayoría de las personas poseen sus sentidos y sentimientos diferenciados en distintos grados. Tal vez no sea tan evidente que todos podemos visualizar o escuchar un objeto cuando lo imaginamos o recordamos las experiencias que produjeron la diferenciación. Lo mismo sucede con otros sentidos.
Este aprendizaje para conocer el mundo exterior a través de nuestros sentidos es lo que conforma nuestro sistema nervioso. Un proceso tan largo como éste no puede estar exento de errores. De la misma manera que hay toda clase de peces en el mar, hay personas diferentes en el mundo. Algunos crecerán y formarán su propia forma de relacionarse con el mundo en condiciones de seguridad, con una buena herencia y en diferentes períodos del desarrollo de la civilización y cultura humana. Otros, no tienen esa suerte.
Algunas de nuestras tendencias se mantendrán a lo largo de nuestras vidas. No se diferenciaron como de uso práctico para actuar y reaccionar en el mundo que nos rodea. O sea, que cada uno tendrá sueños no confesados al crecer. Nuestra cultura, nuestros padres y la escuela hacen que los descartemos como actitudes infantiles que no benefician a un adulto realista. Gradualmente los suprimimos y nos sentimos algo avergonzados de haberlos creído. Pero por suerte, no todos hacemos esto. Algunos afortunados logran hasta convertirlos en realidad, algunos buscan inspiración en otras ocupaciones al evitar tomar sus sueños en serio.
No sé si he sido claro. Permítanme decirles, sin embargo, que una persona sana es aquella que puede vivir sus sueños no confesados a pleno. Hay gente sana entre nosotros, pero no muchos.
En nuestra cultura, el proceso de la vida que comienza con el crecimiento de la diferenciación del sistema nervioso hacia una variedad más sutil y completa de las experiencias de la vida exterior con una mayor habilidad en cambiarla para nuestra actividad intencional de crecimiento, decrece y achica su campo con la madurez sexual. Después de ésta el sistema nervioso comprime sus lazos con el mundo exterior en su totalidad y se especializa en un aspecto en particular. Nos convertimos en expertos en un pico muy angosto de actividades y experiencias. Nos convertimos en poetas, boxeadores, científicos, políticos, pintores, músicos, economistas, cirujanos o bailarines (las posibilidades son interminables). Entonces, nuestro aprendizaje no se interesa más en continuar la diferenciación esencial del sistema nervioso en una relación más amplia con el mundo exterior.
Llega un momento que nuestra educación como se ha desarrollado, no nos ayuda; por el contrario, a menudo nos limita y dirige por canales que no conducen a la salud. Nos volvemos tan poco saludables que debemos retirarnos antes de ser biológicamente viejos. Simplemente, no estamos sanos. Algunas partes nuestras, aquellas involucradas en el máximo de la formación de nuestra actividad, se han gastado. El proceso de vida se redujo. La actividad se restringe cada vez más a una especialidad en la que sobresalimos. Luego sólo prosiguen aquellas partes de nuestro sistema nervioso esenciales en la continuidad del proceso de la existencia biológica.
Aún en nuestra cultura, algunos logramos continuar un proceso de vida saludable hasta la vejez, una edad donde los no sanos ya están enfermos. Algunos de nuestros más sanos y mejores hombres, que por otro lado pueden ser jorobados o tener cualquier otra deformidad, son aquellos que llamamos artistas. La mayoría, ya sean zapateros o escultores, virtuosos o compositores, poetas o científicos, como el buen vino, son mejores con los años. La diferencia sobresaliente entre esta gente sana y la otra es que han descubierto por intuición, genio o por la suerte de haber aprendido de un maestro sano, que el aprender es el don de la vida. Un aprendizaje especial: el de conocerse a uno mismo. Aprenden “como” actúan y así son capaces de hacer lo “que” quieren: el vivir intensamente sus sueños no confesados y a veces declarados.